martes, 7 de marzo de 2017

La Santa Hermandad. La primera “policía nacional” de Europa


La Santa Hermandad fue una institución creada por los Reyes Católicos en 1476 para controlar la seguridad de los caminos en el Reino de Castilla y a los nobles indisciplinados. Fue la primera unidad militar permanente que existió en España y una de las primeras tropas regulares organizadas de Europa.

Tenían jurisdicción en todo el territorio salvo en el interior de las ciudades, que tenían su fuero propio y estuvo en funcionamiento, con diferentes cambios, hasta que fue disuelta por decreto de 7 de mayo de 1835. Unos diez años más tarde, en 1844, se crearía la Guardia Civil como sustituto.

Se conoce como Santa Hermandad  (aunque no tiene caracter religioso alguno) a un grupo de gente armada pagada por los concejos, en teoría, para perseguir y castigar a los malhechores y criminales. Fue instituida en las Cortes de Madrigal de 19 de abril de 1476, unificando las distintas hermandades (Viejas) que habían existido desde el siglo XI en los diferentes reinos cristianos.


Fue creada a propuesta de los procuradores burgaleses, ya que necesitaban proteger el comercio, pacificar el difícil tránsito por los caminos, perseguir el bandolerismo e hicieron posible el que los Reyes, sobre la base preexistente de las hermandades que habían levantado algunas ciudades*, propusiesen la creación de la Santa Hermandad, quedando desde 1498 reducida a niveles locales. Este cuerpo también participó en la toma de Granada, en las expediciones a Nápoles y a las Canarias; efectuó los primeros censos y padrones modernos de España gracias a la información recogida de los municipios a principios del siglo XVI.



*Unos cuantos municipios se asociaban para hacer respetar sus derechos e intereses y se comprometían a socorrerse mutuamente en caso de peligro. Se conoce, por ejemplo, la hermandad de Burgos, creada en 1315 durante el reinado de Alfonso XI para acabar con los salteadores de caminos. También la hermandad vieja de pastores y productores de miel de Toledo, Talavera y Ciudad Real, encargada de disuadir a los malhechores de las zonas montañosas; formada por un cierto número de cuadrillas que practicaban una justicia expeditiva.


Esta institución, que ha sido entendida como un instrumento para garantizar el orden público así como el embrión de un ejército regular y especializado, sobre todo a partir de 1480, se crea inicialmente por un período de tres años, se territorializa su jurisdicción (cinco leguas a la redonda de cada localidad con más de treinta vecinos -hogares-, en las provincias de León, Zamora, Salamanca, Valladolid, Palencia, Ávila, Burgos y Segovia), se organiza su tropa (un jinete por cada cien vecinos y un soldado por cada ciento cincuenta, agrupados en cuadrillas), se estipulan sus ámbitos de actuación legal (robos, crímenes, incendios, secuestros, juicios sumarísimos con aplicación inmediata de la pena), y se dota de una estructura económica, política y administrativa. También se introdujo en la Corona de Aragón, con la idea de unificar instituciones entre Castilla y Aragón, aunque este intento fracasó.

Los capítulos de la Santa Hermandad aprobados por los Reyes Católicos en las Cortes de Madrigal de 1476 tenían, entre otros objetivos, preparar una milicia que pudiera fortalecer el poder real. La política que presidió la creación de esta fuerza militar permanente fue: limitar la jurisdicción de los alcaldes a pocos casos, someter los cuadrilleros a rigurosa disciplina, poniendo a su frente capitanes, y nombrar o hacer que fuese nombrado general de aquella milicia siempre en pie de guerra, al Duque de Villahermosa, Alfonso de Aragón, hermanastro de D. Fernando el Católico. La unidad del cuerpo y la concentración del mando convirtieron a la Santa Hermandad en un auxiliar poderoso de la monarquía, porque los 2.000 hombres de guerra que los concejos pagaban, «estaban prestos para lo que el Rey o la Reina les mandasen».

Hay que remontarse a los comienzos del siglo XII para encontrar los primeros antecedentes de la Santa Hermandad, concretamente en Asturias, en 1115 a iniciativa de sus diputaciones se constituye una Hermandad para la persecución de malhechores y, de paso, poner fin "a las depredaciones, abusos y tropelías de los próceres y magnates". Los titulares de los distintos reinos, con el paso del tiempo, concedieron y aumentaron los fueros de estas Hermandades de carácter local, como recurso para aumentar su autoridad, al tiempo que restaban de esta forma poder y atribuciones a las Órdenes militares y a la nobleza.

Estas milicias municipales, que tenían una organización similar a las Cofradías, eran asociaciones de ciudades o comarcas organizadas para la protección armada del comercio, los privilegios locales o la seguridad pública. La primera fue la de  Hermandad de Sisla Mayor o San Martín de la Montiña, en Toledo, fundada por Alfonso VI de Castilla quien concedió los primeros privilegios. En el principado de Cataluña, tuvo su homólogo en el Somatén, y en Navarra en el Orde.

Cargos tan tradicionales como los de merino, adelantado y pertiguero, se desempeñarían por personas que, aparte de su competencia y honestidad personal ya probada, tenían que depositar en la tesorería de la Hermandad veinte mil maravedís de fianza, "para responder de sus excesos".

A petición de los procuradores, en 1473, Enrique IV de Castilla autorizó en Cortes la formación de la Hermandad nueva general de los reinos de Castilla y León, para asegurar el cumplimiento de la ley y perseguir la delincuencia en poblados y caminos. Este cuerpo se disolvió rápidamente, a la vez que el conflicto sucesorio a la muerte de Enrique agravó la situación de inseguridad en el reino.

Son los Reyes Católicos los que crearon la Santa Hermandad Nueva, cuya existencia de 1476 a 1498, marcó el comienzo del Ejército Real (hasta entonces eran los nobles los que disponían de sus propias mesnadas y disponían del mayor número de tropas) que en los años siguientes asombró en los campos de Europa. Ésta constituyó un eficaz instrumento, contribuyendo al fortalecimiento de la autoridad real y al mantenimiento de la justicia y el orden público, llegando su poder hasta el último rincón del reino. Fue en el asturiano Alonso de Quintanilla, contador mayor de cuentas del Reino, y Juan de Ortega, sacristán del rey, a quienes los Reyes Católicos confiaron la reorganización de la Santa Hermandad, y como resultado de la junta general de la misma, celebrada el 15 de enero de 1488, organizó levas cuya fuerza se elevó a 10.000 infantes, y entre ellos se eligieron 300 espingarderos y 700 piqueros. Se dividió este cuerpo en doce capitanías. Al propio tiempo, y a solicitud de D. Fernando y Doña Isabel, el 15 de octubre, la Hermandad de Vizcaya organizó otra fuerza compuesta de 2.500 peones y otros tantos ballesteros. La financiación se consiguió mediante el establecimiento del impuesto de la sisa sobre todas las mercancías corriente, menos la carne. Al principio todo el mundo está sometido a ese impuesto, pero después los hidalgos y el clero se hacen eximir.

Entre 1478 y 1498 las juntas se reúnen cada tres años y votan cada vez importantes contribuciones: 17,8 millones de maravedíes al año entre 1478 y 1485; de 32 millones a 34,5 millones entre 1485 y 1498, debido a la guerra de Granada. De hecho, la Hermandad permitía a los Reyes Católicos percibir impuestos directos sin tener que solicitar la autorización de las Cortes.

No dependía este ejército enteramente del gobierno, debido a sus fueros, pero nada tenia que ver con los prelados, ni con la gran nobleza, dotando a los Reyes de una superioridad decidida sobre las clases privilegiadas. Cada compañía constaba de setecientos veinte lanceros, ochenta espingarderos, veinte y cuatro cuadrilleros, ocho tambores, y un abanderado, contando cada compañía con 833 plazas. Había además un capitán general, un alcaide, un contador y un tesorero que junto con las plazas de las 12 compañías constituían las 10.000 plazas aprobadas.


Inicialmente, el traje de los soldados de la Hermandad era muy sencillo. Consistía en calzas de paño encarnado, en un sayo de lana blanca con manga ancha, y una cruz roja en el pecho y espalda; cubrían la cabeza con un casco de hierro ligero, y su armamento se reducía a la lanza y a la espada pendiente del talabarte.

La expresión ¡A buenas horas mangas verdes! se emplea cuando algo llega tarde.


Su origen se remonta a finales de la Edad Media, y era un comentario popular cuando la Santa Hermandad, que se dedicaba  a preservar el orden y perseguir a los malhechores fuera de las ciudades en el Reino de Castilla.  Los cuadrilleros de este cuerpo policial solían llegar tarde al lugar del delito, cuando los malhechores ya se habían marchado. Como su uniforme dejaba ver las mangas verdes de la camisa,  de ahí que ante su tardanza, cuando finalmente aparecían se acuñara la expresión ¡A buenas horas mangas verdes!

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