viernes, 17 de noviembre de 2017

Felipe Ruiz Puente y García de la Yedra. Primer gobernador de las Islas Malvinas



Intendente General de la Real Armada; Jefe de escuadra de la Real Armada Española; Caballero de la Orden de Santiago; Comendador de Portezuelo en la Orden de Alcántara. Brigadier designado como primer administrador militar español en las Islas Malvinas, entidad territorial española dependiente de la Gobernación de Buenos Aires.

Las inhóspitas islas Malvinas o Falkland, situadas en el Atlántico sur a unos 800 km de la costa de la Patagonia, saltaron a primer plano de la actualidad en 1982 a raíz de la ocupación argentina, a la que casi de inmediato seguiría el comienzo de una guerra que finalizó con la recuperación británica del archipiélago.

Felipe Ruiz Puente y García de la Yedra vino al mundo el (8 de mayo de 1724, en El Almiñé (Burgos), y falleció, en 1779, en Chiclana de la Frontera, (Cádiz). Nacido en la provincia de Burgos, era un hidalgo hijo de Diego Ruiz Puente y Velazco, que tenía formado mayorazgo en la misma población de Almiñé y en Quintanilla del Río, y María Josefa García de la Yedra. En julio de 1738, ingresó en el Cuerpo General de la Armada Española, sentando plaza de Guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz, con el Expediente Nº 234, y en 1741 es nombrado alférez de fragata, ascendiendo de grado rápidamente hasta terminar nombrado capitán de navío en 1766.

Louis Antoine de Bougainville
España y Francia habían llegado en 1765 a un acuerdo para el reconocimiento de las Islas Malvinas como posesión española que incluía una indemnización por gastos realizados a Louis Antoine de Bougainville, el coronel francés que fundó, el 31 de enero de 1764, la colonia pesquera  y las bases de un fuerte que llamó Port Saint Louis en la isla Soledad. Louis Antoine de Bougainville, había nacido en Saint Maló, de donde proviene el nombre de Malvinas(Malouines), por su ciudad natal.
  
Al enterarse el gobierno español (Carlos III), elevó una formal protesta de reclamo, y Choiseul, ministro de Luís XV, propuso la compra de las islas, que los españoles rechazaron. Entonces envió al mismo Bougainville a Madrid para concertar el traspaso de la colonia a España, pero Luis XV “el bien amado” exigió a su pariente, Carlos III, por la desocupación medio millón de francos, que le fueron pagados.


El 2 de octubre de 1766 el rey Carlos III de España dictó una real cédula por la cual creaba la Gobernación de las Islas Malvinas como dependencia del gobernador y capitán general de Buenos Aires, en ese momento Francisco de Paula Bucarelli y Uruzúa, nombrando al capitán de navío Felipe Ruiz Puente como primer gobernador del territorio.

Ruiz Puente viajó a las Islas con las fragatas Liebre y Esmeralda, siendo además acompañado desde Montevideo por la fragata La Boudeuse, con Louis Antoine de Bougainville a bordo, con el objeto de hacer el traspaso formal.

Mapa de las Malvinas (1768)
El 2 de abril de 1767, Ruiz Puente tomó posesión de la colonia francesa. La ceremonia tuvo lugar frente a la casa del gobernador, y desde aquí Bougainville zarpó para hacer la primera circunnavegación francesa del mundo. Procedió a construir varios edificios comunes como cocinas y cuarteles, y una capilla consagrada a Nuestra Señora de la Soledad, nombre que reemplazó al topónimo francés del puerto (Puerto de Nuestra Señora de la Soledad) y derivó finalmente en el de toda la isla. Ruiz Puente también mantuvo una estricta vigilancia en las costas insulares y patagónicas hasta el Cabo de Hornos, y se preocupó de la atención religiosa de los habitantes. Todos los veranos se realizaba el aprovisionamiento de la colonia con barcos que partían desde el puerto de Montevideo.

En 1770, el capitán Byron dijo tomar posesión de las islas en nombre de Inglaterra y contra todo derecho fundó Puerto Egmont. Bucarelli proveyó de refuerzos al gobernador español de Soledad que logró desalojar a los ingleses. Así pues, la colonia inglesa fue desalojada por los españoles el 14 de julio de 1770 pero restituida al Reino Unido, que la reclamaron, el 22 de enero de 1771, para luego ser abandonada en 1774 y destruida por España en 1780. Los británicos dejaron una placa de plomo escrita en inglés, que luego fue llevada a Buenos Aires y recuperada por William Beresford en 1806 y luego perdida. La placa decía:

Sepan todas las naciones, que las Islas Malvinas, con su puerto, los almacenes, desembarcaderos, puertos naturales, habías y caletas a ellas pertenecientes, son de exclusivo derecho y propiedad de su más sagrada majestad Jorge III, rey de Gran Bretaña. En testimonio de lo cual, es colocada esta placa y los colores de Su Majestad británica dejados flameando como signo de posesión por S. W. Clayton oficial comandante de las Islas Malvinas. A.D. 1774.

Ruíz Puente fue gobernador de las Malvinas hasta el 23 de enero de 1773, fecha en que fue relevado por el capitán de infantería Domingo Chauri del Regimiento Fijo de Buenos Aires. Por su especial comportamiento en todo el problema de las Malvinas el Rey le ascendía al nuevo grado de brigadier en el mismo año de su creación de 1773 y se le ordena regresar a la Península, donde se le nombra Intendente de Marina del Departamento de Cádiz. Todo porque el Rey se sentía mal por su comportamiento con él con su decisión de devolver Puerto Egmont y por no existir ninguna lamentación por su parte.

De hecho en la misma Real Orden de su ascenso a jefe de escuadra, que lo fue unos meses después de su llegada a la bahía de Cádiz, reza: «en atención a sus méritos y servicios y por la satisfacción que tenía S. M. de su capacidad y celo por el Real servicio acreditado en el desempeño de cuantas comisiones se le han confiado».

Ya establecido en la Península, Felipe no se olvida de la familia. A sus 51 años inicia los trámites para casarse con su sobrina María Anselma Ruiz Puente Ontañón, vecina de El Almiñé donde había nacido en 1755. La boda se celebra en 1777. Pero casi sólo para quedar como heredera: Felipe muere en Chiclana en 1779, sin cumplir dos años de matrimonio y al parecer sin descendencia. Contaba con cincuenta y cinco años de edad, de ellos cuarenta y uno de servicios a su Rey y a España. En la cartela del cuadro debajo de su escudo de armas dice: « Dn. Phelipe Ruiz Puente, Del Orden de Santiago Comendador de Portezuelo en la de Alcántara, Gefe de Esquª de la Real Armada, Intendente General del Departamento de Cádiz»

Escudo de Blas Díaz García de la Yedra (en Almiñé)
Las armas de García de la Yedra -un castillo almenado y donjonado flanqueado por dos hiedras- se encuentran siempre como cuartel de mujer entre otros muy nobles en la Merindad de Valdivielso (y en alguna otra localidad próxima), en las casas que en El Almiñé y en Quintana éstos habitaron.

martes, 14 de noviembre de 2017

Alonso Pérez de Trigueros. Bachiller y conquistador de la Nueva España


Uno de los primeros conquistadores de la Nueva España. Participó en la conquista de Tenochtitlán y fue uno de los primeros pobladores de la Ciudad de México. 

En 1537, Carlos V le concedió privilegio de armas por sus valerosas acciones en la conquista de Tenochtitlán.



Persona docta, a quien tenía Cortés gran consideración, el bachiller don Alonso Pérez nació en Trigeros (Valladolid), hacia 1495 y murió en la Ciudad de México en 1562; fue hijo de don Hernando de Trigueros y de doña Inés Sánchez. Llegó a la Nueva España con Pánfilo de Narváez (era el único licenciado o universitario en la expedición pues tenía la titulación de “Bachiller”, o sea que era de los pocos que sabía leer y escribir, aparte de .los frailes), incorporándose al ejército de Cortés en Tepeaca acompañándolo a Texcoco y en el recorrido que hizo por el actual Estado de Morelos, mientras se construían los bergantines para el ataque definitivo a Tenochtitlán. En una de estas incursiones, los indios mataron dos mozos de espuelas de Cortés, lo cual se produjo una profunda tristeza. Entonces, el bachiller don Alonso Pérez dijo al conquistador: "Señor capitán, no esté vuesa merced tan triste, que en las guerras estas cosas suelen suceder'", Cortés le contestó que nada se había ganado con las tantas veces que había enviado a pedir la paz a Tenochtitlán, "y sólo estaba triste en pensar en los grandes trabajos que tendrían para volverla a tomar.

En el asedio de la ciudad de Tenochtitlán, Pérez capturó a un indio que dio mucha y muy útil información a los españoles. El bachiller fue uno de los que escalaron los 104 escalones del cu de Tenochtitlán, ganando ese punto tan estratégico por su altura y su localización en el centro de la Ciudad, hazaña en la que murieron más de 600 hombres de guerra que lo defendían. Estuvo también en las acciones de Pandotaba y Guatuna y en la campaña de Pánuco, por todo lo cual se le recompensó con un privilegio de armas.

Asistió al recibimiento de Catalina Suárez, la esposa de Cortés a su llegada en el  pequeño embarcadero de La Rambla, cerca de Ahualco.
     
El bachiller don Alonso Pérez estuvo mucho tiempo con Cortés y como fruto de su efectividad en combate, le fueron concedidas varias encomiendas, entre ellas la de Acamistlahuaca, cerca de Taxco y la mitad de Tezontepec, en el Estado de Hidalgo, aunque tiempo después se convirtió en enemigo del Capitán General y hasta declaró en su contra, como testigo en el juicio de residencia que se siguió al Marques del Valle de Oaxaca acusándolo de la muerte de su primera esposa.

El 24 de mayo de 1524 le fue concedido un solar en la novísima Ciudad, y fue anotado como vecino el 27 de octubre de 1525. Después de ser alcalde ordinario en 1551, con don Alonso de Aguilar en el otro oficio de justicia, siguió en el cargo de la mesta en 1552, también con Aguilar.

Desde mediados de 1525, el bachiller Pérez era letrado de la Ciudad, con un sueldo de 160 pesos de oro anuales, oficio que ocupó con ciertas intermitencias hasta 1529. En tal calidad fue uno de los letrados que "más se afirmaron" por la legitimidad del gobierno del licenciado don Marcos de Aguilar. También defendió al conquistador Juan Cansino, cuando Cortés, ante las quejas de que había hecho su amante a una joven indígena, lo sentenció a ser degollado, pero logró que se conmutara en destierro. Durante el gobierno de la primera Audiencia, Pérez actuó como fiscal del tribunal. El 28 de enero de 1529, y en nombre de Nuño de Guzmán, don Alonso presentó una petición ante el alcalde de la ciudad don Francisco Verdugo, para hacer una información sobre la exportación de esclavos de la provincia de Pánuco.

De su matrimonio con Elvira Pérez, tuvo ocho hijos y cinco hijas. Además, Alonso Pérez trajo de Castilla a un hermano suyo, con cinco hijas y dos hijos, gastando 800 pesos en su pasaje. Una de las hijas, doña Leonor Pérez, casó con el conquistador don Francisco Montaño, alférez de Pedro de Alvarado en la toma de Tenochtitlán.

Trascripción de la Real Cédula tal como la recoge Ignacio Villar Villamil en su Cedulario heráldico de conquistadores de Nueva España (Publicaciones del Museo Nacional, México 1933, Cédula nº 49). 

«Don Carlos y Doña Juana su madre, etc… Por cuanto por parte de vos el Bachiller Alonso Perez natural de la villa de Trigueros e barrio de la cibdad de Tenustitlan Mexico de la Nueva España que es en nuestras Yndias del mar Oceano nos fue fecha relacion que vos pasaste a la dicha Nueva España con Panfilo Narvaez a la conquistar e pacificar podra haber quince años poco mas o menos por su asesor en el armada de Diego Velazquez, lugarteniente de nuestro gobernador de la isla de Cuba ynvio a ella con el qual dicho Panfilo Narvaez desembarcaste en la dicha tierra y desde alli fuiste con D. Hernando Cortes que agora es Marques del Valle y le ayudastes a conquistar la dicha cibdad de Mexico con vuestras armas e caballo a tomar Un Cu grande que tenia ciento quatro escalones a manera de torre que estaba en el huchilovos peleando con los indios que en el estaban y que estando en dicho D. Hernando Cortes e ciertos españoles en la dicha cibdad cercados de los yndios en una noche saliendo por la calzada de Atacuba huyendo de los dichos indios por la mucha rpiesa que daban os echastes a nado por el agua de la dicha calzada y dexastes alli vuestro caballo e si no fuera por ciertos españoles que os acorrieron os mataran los dichos yndios e os hallastes ansi mismo en la guerra que los españoles tuvieron en el Pandotaba y en la conquista de la provincia de Tepeaca e Tescucuo y Guatina y que estando en esta provincia en unos campos salieron dos yndios armados con sus espadas e rodelas e fuistes con licencia de dicho D. Hernando Cortes vos y un francisco Bosnas y peleastes con uno de los yndios e le prendistes e truxistes asy preso al dicho Don Hernando Cortes. Y despues volvistes con el a poner cerco con vuestras armas e caballos e le ayudaste a ganar y que tambien os hallastes en la conquista de la provincia de Panuco e de otras provincias de la dicha Nueva España y reencuentros que con los yndios se tuvo donde gastastes mucha parte de vuestra hacienda e pusistes muchas veces vuestra persona a peligro de muerte e que despues que la primera audiencia real fue a la dicha tierra nos servistes en ella de nuestro fiscal y teneis en la dicha ciudad de Mexico vuestra mujer e casa poblada e nos suplicastes e pedistes por merced que en remuneracion de los dichos vuestros servicios vos mandasemos por armas un escudo hecho dos partes en la primera de la mano derecha un cu de plata sobre aguas azules e blancas en campo colorado e encima del una calzada sobre aguas y en la otra parte un tigre en salto en campo de oro e por orla cuatro cabezas de muerte con dos huesos en cada una en campo negro y en las cuatro esquinas de la dicha orla cinco hojas verdes en campo de oro. Por timble un yelmo cerrado con su rollo y dependencias e follajes de azul y oro y por devisa el dicho medio tigre o como la nuestra merced fuese, e nos acatando los dichos vuestros servicios e porque de vos e de ellos quede memoria, e vos e vuestros descendientes seays mas honrrados por la presente vos facemos merced e queremos y mandamos que podais traer y tener por vuestras armas conocidas las dichas armas de que de suso se hace mencion en vuestro escudo a tal como este según que aquí va figurado e pintado las quales vos damos por vuestras armas conocidas y queremos y es nuestra merced e voluntad que vos e vuestros hijos e descendientes dellos las ayais e tengais y podais traer poner en vuestros reposteros e casas e en los de cada uno de los dichos vuestros hijos e descendientes y en las otras partes y lugares que vos y ellos quisieredes e por bien tovieredes e por esta nuestra carta e por su traslado signado de escribano publico encargamos a Ylustrisimo Principe Don Felipe nuestro muy Caro e muy amado nieto e hijo e a los infantes, etc. Dada en la villa de Valladolid a 17 de Hebrero de 1537. -Yo el Rey.-Yo Juan de Samano Secretario de su Cesarea e Catolicas Majestades la fice escribir por mandado.-Beltrán y Carvajal-Bernal-Velazquez».

viernes, 10 de noviembre de 2017

José Moñino y Redondo. Supresión de la Compañía de Jesús. Conde Floridablanca


Uno de los personajes más influyentes y, a la vez, más desconocidos, de la historia de España. Distinguido por sus méritos con el título de conde de Floridablanca. Dedicó su vida al Derecho y a la Política, desde los más elevados cargos del Gobierno de la Monarquía hispana durante el reinado de Carlos III.

José Moñino forma parte de “la generación de los políticos de Carlos III”, que ayudaron a modernizar la Monarquía borbónica en diversos ámbitos (social, económico, político), introduciendo un reformismo inspirado en las corrientes generales ilustradas que en esos momentos comenzaban a recorrer Europa.

Su lealtad al rey y su capacidad como jurista fue ampliamente demostrada y admirada, al tiempo que legó auténticos hitos como el famoso censo promovido por él, que fue uno de los primeros realizados en Europa, y el primero español elaborado utilizando técnicas estadísticas modernas.

Retratado por Goya
José (Antonio Nolasco) Moñino y Redondo, nació en Murcia, en octubre de 1727, en el seno de una familia hidalga. Hijo de José Moñino y Gómez (nacido en 1702 y fallecido en 1786, un funcionario de la curia eclesiástica, que en 1735 fue nombrado Notario Mayor de Número y Archivista de la Audiencia) y Francisca Redondo y Bermejo, fue educado por los dominicos en el Seminario de San Fulgencio de Murcia, para después continuar su formación en Orihuela, y ya desde joven, cobró notoriedad por su cultura ilustrada. Estudió leyes en la Universidad de Salamanca donde, en 1748, obtiene el título de abogado y la licencia para ejercer en los Consejos y Tribunales de la Corte, comenzando a trabajar muy pronto en la tierra que le vio nacer.

Sus contactos como abogado con personajes influyentes, como el duque de Alba o Diego de Rojas, le facilitaron la entrada en el Consejo de Castilla como fiscal de lo criminal en 1766; allí establecería una estrecha relación con Campomanes -también fiscal-, consagrándose ambos en la defensa de las prerrogativas de la Corona frente a otros poderes y, en particular contra la Iglesia (regalismo). En aquel mismo año actuó contundentemente contra los instigadores del motín de Esquilache en Cuenca y apoyó la consiguiente expulsión de los jesuitas de España en 1767.

Nombrado embajador en Roma en 1772, le correspondió canalizar las tensas relaciones de Carlos III con el Papado, consiguiendo la supresión de la Compañía de Jesús (1773). El agradecimiento del rey por aquella gestión le valió el título de conde. Fue entonces cuando accedió a la Secretaría de Estado (especie de Ministerio de Asuntos Exteriores), que ocuparía por 15 años (1777-92); posteriormente se ocuparía también de la cartera de Gracia y Justicia (1782-90). También, fue caballero Gran Cruz de la Real y distinguida Orden de Carlos III.

Su actuación política estuvo en la línea marcada por otros políticos ilustrados del siglo XVIII (Giulio Alberoni, José Patiño y el marqués de la Ensenada, entre otros), orientada fundamentalmente a potenciar la Marina, fomentar las obras públicas mediante la construcción de nuevos caminos y la mejora de los ya existentes, y modernizar la agricultura. Su pretensión era transformar la sociedad en un conjunto útil y funcional, para lo cual era imprescindible “reconvertir” al grupo dirigente nobiliario en un sector “productivo”, reducir en lo posible las desigualdades fiscales y eliminar los prejuicios que afectaban al honor social y que se referían a su incompatibilidad con el trabajo. Sin embargo, no llegó a aplicar medidas destinadas a lograr una transformación de la sociedad; la modesta reforma fiscal fracasó, y no se alteró el régimen de propiedad ni se limitaron los privilegios de la alta nobleza.

Pronto se vio enfrentado, por otra parte, al «partido aragonés» que encabezaba el conde de Aranda, pues Floridablanca pretendía reequilibrar las instituciones de la Monarquía dando más peso al estilo de gobierno ejecutivo de las Secretarías de Estado y del Despacho, mientras que Aranda defendía el estilo judicialista tradicional que representaban los Consejos. En esa línea creó en 1787 la Junta Suprema de Estado (presidida por él mismo), que respondía a la idea de coordinar las distintas secretarías en una especie de Consejo de Ministros.

Floridablanca orientó la política exterior de Carlos III hacia un fortalecimiento de la posición española frente a Inglaterra, motivo por el que decidió la intervención en apoyo de los revolucionarios norteamericanos en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos (1779-83); consiguió éxitos como la recuperación de Menorca (1782) y de Florida (1783), pero también un sonado fracaso en los intentos de recuperar Gibraltar. Potenció la amistad con los príncipes italianos de la Casa de Borbón y con Portugal (esta última alianza proporcionó a España las islas africanas de Annobón y Fernando Poo en 1778).


El Censo de Floridablanca, un documento censal elaborado en España bajo la dirección del conde del mismo nombre, ministro de Carlos III, entre 1785 y 1787; es considerado como el primer censo español de población elaborado siguiendo técnicas estadísticas modernas, aunque existió uno anterior, el Censo de Aranda.

La muerte del rey Carlos III y el acceso al trono de Carlos IV no afectaron a la posición de Floridablanca, quien presidió la reacción conservadora del gobierno español frente a los temores despertados por la Revolución Francesa (1789). El temor a que la influencia de la Revolución alcanzara a España le impulsó a endurecer las medidas represivas: reforzó la frontera pirenaica para evitar la entrada de propaganda revolucionaria, ordenó la censura de libros y de todas las publicaciones periódicas, a excepción de la Gaceta, y mandó perseguir a los principales liberales reformistas (destierro de Jovellanos, caída en desgracia de Campomanes y encarcelamiento de Francisco Cabarrús). Su reacción conservadora le impidió aprovechar una ocasión inmejorable para desarrollar el programa reformista del despotismo ilustrado español.

Retrato del conde de Floridablanca, por Goya
Tras años de intrigas, en 1792, sus adversarios consiguieron que fuera destituido y encerrado en la ciudadela de Pamplona, bajo acusaciones de corrupción y abuso de autoridad. Juzgado y absuelto poco después, se retiró de la vida pública en el convento de San Francisco de Murcia, hasta que, con motivo de la invasión francesa de la Península (1808), fue llamado a presidir la Junta Suprema Central que había de organizar la resistencia, revestido con el título de Alteza Serenísima y honores de infante de España, pero falleció el 30 de diciembre del mismo año. 


A su muerte, al título de Floridablanca, en premio de las virtudes del hombre que le acababa de poseer, concedió la Junta Central grandeza de España perpetua y de primera clase, y en la catedral de Sevilla se erigió á expensas del Estado un sepulcro, en que, al lado de las cenizas del santo Rey, descansan hoy las de D. José Moñino y Redondo.

Floridablanca escribió varias obras de carácter jurídico y político. Entre ellas sobresale la Instrucción reservada para la Junta de Estado, que recoge el conjunto del pensamiento político del conde, verdadero ministro-tipo del despotismo ilustrado español. 

Se trata de uno de los más valiosos documentos para fijar el sentido del movimiento político ilustrado en España; todas las iniciativas de las corrientes dominantes en la época aparecen en este texto, que se ocupa de la defensa de las regalías y de la amortización, de la protección de las sociedades económicas y de las entidades benéficas, e incluso del régimen de pensiones en el extranjero.

martes, 7 de noviembre de 2017

Alimentos de Viejo y Nuevo Mundo. Historia de la Gastronomía



Tras el descubrimiento de América hubo un trasiego de alimentos entre el Viejo y el Nuevo Mundo, que ampliaron la cultura gastronómica de los países a uno y otro lado del océano Atlántico y España jugó un papel muy importante en todo esto, pues fue la puerta de entrada y salida de la mayoría de ellos.

Las costumbres culinarias han ido cambiando a lo largo de las épocas, en función de los alimentos disponibles en cada momento, de su abundancia, precio y de la cultura o las modas de cada país, lo que se muestra en este libro.


 
El gran pilar sobre el que se asienta la gastronomía —base de su existencia—, son los alimentos. Sin ellos nada hubiera sido posible, ni siquiera nuestra propia supervivencia. Este libro hace un minucioso recorrido por la ciencia y la historia de los alimentos más relevantes del Viejo y el Nuevo Mundo; y rescata del olvido los valores culturales que nos llevaron hacia uno de los grandes anhelos de la humanidad: la salud.


El Viejo Mundo nos aportó desde el majestuoso trigo, capaz de movilizar ejércitos y hacer caer naciones, hasta el humilde perejil, que aderezaba la sopa de los más pobres. Con ellos también viajaron dioses, pasiones, intrigas palaciegas y plagas y enfermedades. El Nuevo Mundo nos legó mitos y exóticas ambrosías, desde el omnipresente tomate, cuya salsa invade desde meriendas infantiles a despachos de Wall Street, a las increíbles y bellas giganteas. Se crearon nuevas razas, se multiplicó la producción, se descubrió el placer en las combinaciones de sus sabores y texturas y, sobre todo, de sus infinitos aromas. Se creó la cocina.

La gastronomía reúne por sí misma los avatares del ser humano: siglos de historia, leyendas sobre invencibles imperios, pueblos conquistados... logros y fracasos se encadenaban en su sólida urdimbre. La agricultura, la tecnología, la química, grandes periplos exploratorios y viajes insólitos han estado, sin planearlo, al servicio de una ciencia, la gastronómica, que sigue siendo hoy una gran desconocida.

Editorial: Almuzara
Publicación: Octubre/2017
Páginas: 272
Tamaño: 15,00 x 24,00 cm
ISBN: 978-84-17044-96-1

viernes, 3 de noviembre de 2017

Gaspar de Portolá y Rovira. Primer gobernador de California


Militar, administrador colonial y explorador. Noble de nacimiento, fue soldado, gobernador de California (tanto de la Baja como de la Alta) desde 1767 hasta 1770, explorador y fundador de San Diego y Monterrey, en California. En su vida militar estuvo destinado en Italia y en Portugal.


Gaspar de Portolá y Rovira, “segundón de la familia”, nació en Balaguer (Lérida) alrededor de 1717, pues no existe absoluta certeza de la fecha al no encontrarse la partida de nacimiento. Perteneciente a una familia noble catalana con importantes servicios a la Corona, Gaspar de Portolá era el tercer hijo (hermano de Antón y Francesca) de Francisco de Portolá y Subirá barón y señor de Castellnou de Montsec. El linaje de los Portolá tenía posesiones en Angers, Balaguer y Artiés (Valle de Arán) y de su segunda esposa, Teresa de Rovira y Sanispleda (la primera fue Maria de Bardaxi y Lussan), descendiente de una noble familia de la ciudad de Solsona y sobrina del prior del convento de San Cugat del Vallés, en donde ambos contrajeron matrimonio. En este convento se había refugiado don Francisco tras apoyar la causa del archiduque Carlos de Austria, bando que fue derrotado por las tropas del primer borbón de España, Felipe V. 

Armas de los Barones de Castellnou de Montsec
Torre de los Portolá, en el Valle de Arán
El joven Gaspar, a los 17 años de edad, ingresó de alférez en los Regimientos de Dragones de Villaviciosa, compañía levantada por el coronel Manuel de Sentmenat y Oms. El 23 de abril de 1742 fue incorporado con el mismo grado de alférez al Regimiento de Numancia, en la compañía de Francisco Farrús, ascendiendo el 26 de abril de 1743 a teniente de Dragones y Granaderos de Numancia y el 31 de julio de 1764 a capitán de esta misma compañía, que, con el nombre de Regimiento de Dragones de España, fue destinada a servir en el virreinato de la Nueva España. Al llegar a México (1764), Portolá era un experimentado militar que había participado en diversas acciones en Italia, siendo herido en la batalla de la Madonna del Olmo, y en la campaña de Portugal durante la Guerra de los Siete Años.

El marqués Carlos Francisco de Croix, virrey de Nueva España, envió al regimiento capitaneado por Gaspar de Portolá y bajo el mando del coronel Domingo Elizondo a pacificar la región de Sonora en 1767. Hacia esta provincia del noroeste de México se dirigió el regimiento, deteniéndose en la ciudad de Tepic (Nayarit) por la demora en la conclusión de los barcos que se estaban construyendo en el cercano puerto de San Blas para transportarlos. Sin embargo, la expulsión de los jesuitas, ordenada por Carlos III en 1767, obligó a los integrantes de la expedición de Sonora a desviar hombres y caudales para reunir y deportar a los padres de las misiones del noroeste del virreinato. Gaspar de Portolá fue encargado de expulsar a los jesuitas de la península de Baja California, trasladándose hasta allí en 1768 para realizar esta importante misión. Al mismo tiempo, y cumpliendo la orden real de nombrar gobernadores donde no hubiesen, Portolá fue elegido gobernador de California por el virrey de Nueva España, dando las primeras órdenes para impedir el colapso de las misiones desde su llegada a Loreto, capital y misión pionera de la península. La falta de instrucciones y la interrupción de los suministros de granos y otros bastimentos desde las misiones jesuitas de Sonora y Sinaloa llenó de incertidumbres al nuevo jefe de California, quien tuvo que esperar la llegada del visitador general José de Gálvez para innovar en el gobierno.


José de Gálvez -más tarde ministro de Indias (1775-1787- lo eligió para comandar la expedición militar que ocupó San Diego y Monterrey en 1769 y 1770, primer capítulo de la colonización española de la Alta California. Dicha expedición estaba dividida en dos secciones: una marítima (con dos barcos, el San Antonio y el San Carlos, que partieron del puerto de La Paz y navegaron de forma separada) y otra terrestre. Esta última también se dividió en dos partes: la primera mandada por el capitán de la Compañía de cuera de Loreto Fernando de Rivera y Moncada, que llevaba al franciscano Juan Crespi, al pilotín José Cañizares, 25 soldados y numerosos indios de las misiones jesuitas. La segunda fue mandada por el gobernador Portolá, llevando en su compañía a fray Junípero Serra y al sargento José Francisco de Ortega, junto a varios soldados de cuera, criados e indios de las misiones. El grupo, que había salido de Loreto (Baja California Sur) el 9 de marzo de 1769, siguió los pasos de la primera partida, alcanzando el puerto de San Diego el 1 de julio. Portolá decidió que un grupo prosiguiera las exploraciones para buscar el puerto de Monterrey, viaje que realizaron entre el 14 de junio y el 24 de enero de 1770 y, aunque no lo localizaron, sí descubrieron el de San Francisco a principios de noviembre*. 

*El 2 de noviembre un grupo de avanzada llegó a la cima de una colina y vio ante sí una gran extensión de agua. La expedición de Gaspar de Portalá acababa de descubrir la bahía de San Francisco. En un primer momento los exploradores lo identificaron con la bahía de Cermeño pero el puerto que al que acababan de llegar iba a ser mucho más trascendente para los intereses de la Corona que lo que la bahía de Monterrey jamás podría llegado a ser. La abundancia de agua potable, leña y lastre, el clima frío y saludable, la escasez de molestas nieblas, y la afabilidad de los indios que encontraron,  hacían de él un lugar perfecto para un asentamiento.

El “Gran Puerto de San Francisco” como pasaría a conocerse la escondida bahía, fue definitivamente asentado sobre el mapa para orgullo de la Corona. El ansiado puerto se convirtió en la escala necesaria entre el Norte y las Filipinas, a través del océano Pacífico. 

La llegada de bastimentos a San Diego en el paquebote San Antonio el 23 de marzo, capitaneado por Juan Pérez, animó a Portolá a emprender nuevamente la búsqueda. El 17 de abril de 1770 partió Portolá, acompañado por el oficial Pedro Fages, doce Voluntarios Catalanes, siete soldados y cinco indios nativos de Baja California Sur y después de 36 días de viaje, la expedición terrestre llegó a Monterrey el 24 de mayo de 1770. El resultado fue afortunado, tomándose posesión del puerto de Monterrey el 3 de junio de 1770. Siguiendo con las órdenes reales, se fundó un presidio y una misión bajo la advocación de San Carlos Borromeo.


Concluidos los trabajos, Gaspar de Portolá dejó el puerto de Monterrey el 9 de julio en compañía del ingeniero Miguel Constanzó y llegó a San Blas el 10 de agosto de 1770 a bordo del paquebote El Príncipe, comandado por Juan Pérez. En su lugar dejó al teniente Pedro Fages al frente del presidio de Monterrey. El rey Carlos III le otorgó el grado de teniente coronel el 5 de enero de 1771 en atención a sus servicios. El 26 de mayo de 1771 pidió a Carlos III una licencia de dos años para encargarse de un pleito familiar. Se desconoce la fecha de su llegada a España, pero el 30 de septiembre de 1774 el rey le concedió la “agregación en el estado mayor de la plaza de Barcelona” con sueldo de 540 reales de vellón. Realizó numerosos viajes a su ciudad natal, donde aparece en varios pleitos y asuntos judiciales, incluso otorgando poderes ante el notario Sociats de Balaguer antes de marchar de nuevo a México.
 
Carlos III lo nombró gobernador de Puebla de los Ángeles el 9 de junio de 1776 con 4.000 pesos de sueldo. El 23 de febrero de 1777 se produjo la jura del cargo. Además, el monarca lo ascendió a coronel de dragones por real cédula del 28 marzo de 1777, la que Portolá recibió el 5 noviembre del mismo año. La hoja de servicio señala que: “desempeña lo que se le manda y tiene valor y conducta”.

Por Real Decreto del 20 de agosto de 1785, Gaspar de Portolá fue nombrado coronel del Regimiento de Numancia, y el 9 de febrero de 1786 fue elevado a teniente del rey de la plaza y castillos de Lérida, estando bajo las órdenes del gobernador, el mariscal Blonde, quien inició una serie de reformas sanitarias y urbanísticas en la ciudad de gran importancia. A causa de una enfermedad, Portolá dejó de acudir al ayuntamiento a principios de agosto, despachando desde su casa, donde falleció el 10 de octubre de 1786 a consecuencia de una apoplejía, siendo enterrado en la parroquia de San Francisco de Asís.


Nota: La actual ciudad de Portolá, en la bahía de San Francisco, le debe su nombre.

martes, 31 de octubre de 2017

José Zorilla. Poeta y dramaturgo. Principal representante del romanticismo



Poeta y Dramaturgo. Fue miembro de la Real Academia Española en 1848, cuando contaba treinta y un años de edad y leyó su discursó de investidura en verso. Su obra más famosa e Don Juan Tenorio, publicada en 1844.


José Maximiano Zorrilla nació en Valladolid, en la casa del marqués de Revilla, el 21 de febrero de 1817. Sus padres fueron don José Zorrilla Caballero, del solar de Torquemada, prohombre de la ciudad y relator de la Chancillería, y doña Nicomedes Moral, natural de Quintanilla Somuñó (Burgos). Contaba con tan solo seis años cuando su padre obtuvo un alto cargo (el de gobernador civil) en Burgos, adonde se trasladó con la familia. El relator era absolutista ferviente y protegido de Calomarde, quien le nombró Alcalde de casa y Corte y le encargó la Superintendencia General de Policía de Madrid, adonde acudió y su hijo entró interno en el Real Seminario de Nobles de Madrid regentado por los padres jesuitas, y allí comenzó a leer a Chateaubriand, a Walter Scott y a Fenimore Cooper, tan en boga entonces, y a escribir sus primeros versos.

Si bien se supone que para ingresar en el Real Seminario de Nobles se exigían pruebas de limpieza de sangre y de nobleza, no ha sido posible encontrar la de José Zorilla, por lo que el hecho no estaría probado documentalmente, aunque, supuestamente, fuese hidalgo. 

Francisco Tadeo Calomarde y Arria fue un político español, ennoblecido como duque de Santa Isabel en Dos Sicilias. Ocupó el ministerio de Gracia y Justicia (1823-1833) durante la restauración absolutista de Fernando VII, y promulgó un célebre Plan General de Estudios.

Real Seminario de Nobles de Madrid
El Superintendente limpió Madrid de maleantes e hizo sentir el peso de una justicia implacable. La caída del ministro Calomarde, de quien dependía la superintendencia a fines de la «Década Ominosa» trajo la de sus protegidos, entre ellos la de Zorrilla Caballero; la familia pasó Arroyo de Muñó (Burgos) y después a Lerma (1833) y José marchó a Toledo para estudiar Leyes en la Real Universidad, según deseo de su padre, bajo la tutela de uno de sus tíos, canónigo en la catedral de esta ciudad. Pero allí se dedicó a la lectura de sus poetas favoritos y a conocer los recovecos de la vieja ciudad, que desde entonces quedaría presente en muchas de sus leyendas. En 1834 trasladó la matrícula a Valladolid, donde pronto hizo amistad con otros estudiantes aficionados a las musas y, al ser un mal estudiante, sus tutores le devolvieron a casa pero escapó a Valladolid y de allí a Madrid, dispuesto a abrirse camino con sus versos, pero ya en la capital, vivió una temporada de estrecheces.

En Madrid, después de abandonar su carrera universitaria, alcanzó gran fama tras leer unos versos suyos ante el cadáver de Mariano José de Larra  (“Fígaro”) cuando iba a ser enterrado en el cementerio de Fuencarral (15 de febrero de 1837) y, tras ello, ocupó el cargo de éste en la redacción de El Español, donde publicó la serie de poemas titulada Poesías, una serie de ocho volúmenes que acabó en 1840. Su éxito poético se renovaría en 1852 con el poema, Granada, inacabado.

Entre 1839 y 1950 Zorrilla escribió la mayoría de sus mejores obras: El zapatero y el rey el primer volumen de Cantos del trovador en 1840; la segunda parte de El zapatero y el rey al año siguiente; Sancho García en 1842; El puñal del godo y El caballo del rey don Sancho en 1843; Su obra cumbre Don Juan Tenorio, estrenada el 28 de marzo de 1844; La calentura en 1846, el año en que Baudry lanzó en París dos tomos de Obras Completas; de 1849 data Traidor, inconfeso y mártir; y en 1850, además del tercer tomo de Obras Completas se imprimieron María y Un cuento de amores, en colaboración con Heriberto García de Quevedo.

 
Don Juan Tenorio (1844), quizá la única pieza dramática conocida por todos los españoles, suele reponerse tradicionalmente todos los años el 1º de noviembre.

En 1839 se casó con Florentina Matilde O'Reilly, viuda y dieciséis años mayor que él, que, llevada de los celos, terminó de indisponer al poeta con su familia, le hizo abandonar el teatro y, finalmente, emigrar a Francia (1850), a Burdeos y París, donde conoció a Alejandro Dumas, George Sand, Teófilo Gautier y Alfred de Musset, que dejarían en él una gran huella, y luego a México (1855), donde –a excepción de unos meses entre 1858 y 1859 que pasó en Cuba– residiría hasta 1866, y fue protegido por el emperador Maximiliano, que lo nombró director del Teatro Nacional, pero mientras el poeta estaba en España, Benito Juárez puso fin (1867) a la vida de Maximiliano y a su efímero imperio. Fruto de esta unión tuvo una niña, Plácida Ester María, que murió un año después de nacer. Durante una de sus visitas a Francia falleció su madre (1846) y tres años después (1849) su padre, sin reconciliarse con él, y aquellas muertes llenaron de amargura al poeta, que decidió marchar a Francia.

Tras su estancia en América y la muerte de su esposa en 1865, en 1866, Zorrilla regresó a España y fue recibido en su patria con verdadero entusiasmo. Muerta doña Florentina, casó de nuevo con la bella actriz Juana Pacheco, de veinte años, “la niña de mármol”. Comienza así el segundo período español de su existencia, que abarca desde 1869 hasta 1893, casi un cuarto de siglo en el que había de experimentar con frecuencia los placeres del éxito y, con más frecuencia todavía, los apuros económicos. Triunfales fueron su recepción en la Real Academia Española (1882) y la coronación solemne como poeta laureado en el Liceo de Granada (1889) por el duque de Rivas en representación de la reina regente Mª Cristina, donde recibió el homenaje de 14.000 personas que le aclamaron entusiásticamente.

Los problemas económicos fueron una constante en la vida del poeta. Vivió fundamentalmente de sus versos y de su “voz”, aplicada a incontables recitales públicos de su obra; pues la venta de sus primeras obras, en ausencia de legislación de derechos de autor, no le proporcionó réditos prolongados en el tiempo, sino ingresos puntuales en el momento en que las ediciones fueron apareciendo. Para mitigar sus privaciones, el Gobierno del país lo comisionó en Roma para asuntos relacionados con los Archivos Estatales 1871; y el Ayuntamiento de Valladolid, su ciudad natal, lo nombró Cronista Oficial en 1882, con un sueldo anual de 15.000 reales. Las Cortes le votaron una pensión, que no llegó a disfrutar, pues falleció al poco tiempo.


Zorrilla tuvo el infortunio, literariamente hablando, de sobrevivir a su tiempo, pues continuó escribiendo hasta 1893, sin que ni su estilo ni su temática se adaptasen a las nuevas tendencias. Por eso, aunque el carácter de su obra no podía dar lugar a polémicas ideológicas, las bellezas formales de sus versos fueron resultando cada día más anacrónicas en el ambiente de la Restauración. Recibe la Orden de Carlos III y, tras una enfermedad de tres años, murió en Madrid, el 21 de enero de 1893. Su multitudinario entierro en el cementerio de San Justo no significó su descanso definitivo pues en 1896, cumpliéndose la voluntad del poeta, sus restos fueron trasladados a su ciudad natal y, en 1902, al Panteón de Vallisoletanos Ilustres.

Para saber más:  


viernes, 27 de octubre de 2017

Vicente Huidobro. Poeta vanguardista chileno, ...que decía descender del Cid


Considerado uno de los más grandes poetas chilenos, junto con Gabriela Mistral y  Pablo Neruda. Fundador del Creacionismo, en 1916, movimiento poético vanguardista y uno de sus impulsores en América Latina.

Se peleó con muchos, hizo amistad con destacadas personalidades de su época, fundó revistas de vanguardia, enamoró a la más hermosa de las santiaguinas y fue candidato a Presidente de la República. Todo eso antes de los 40 años.
 

Vicente García-Huidobro Fernández, hijo de Vicente García-Huidobro García-Huidobro y de María Luisa Fernández Bascuñán, nació en Santiago de Chile en 1893, en el seno de una familia noble, vinculada a la gran propiedad agrícola, a la banca y a la política. Por ser el primer hijo de esta familia, Vicente estaba destinado a heredar el título de marqués de Casa Real, honor reservado al primogénito de la unión de dos de las familias más importantes del siglo XIX en Chile. Sin embargo, quizá por influencia de su madre, mujer feminista fuertemente ligada al ámbito cultural chileno, Vicente dejó ese destino para abrazar una carrera apasionante: la de creador. Falleció en Cartagena en 1948 (Chile).

Escudo de García-Huidobro
No habiendo solicitado ni su padre, ni abuelo (José Ignacio García de Huidobro y Martínez de Aldunate) las Reales Cartas de sucesión en el marquesado (de Casa Real), al haber sido abolidos en Chile los títulos nobiliarios, éste fue abolido por Real Orden del Ministerio de Gracia y Justicia el 8 de septiembre de 1858. Años más tarde, en 1915, doña Teresa Pastoriza Caamaño y Márquez de la Plata, solicitó la sucesión del título, alegando ser descendiente directa del concesionario, y por muerte de de don Ignacio García Huidobro, siéndole concedido por Real Orden de 12 de junio de 1915 y Real Carta de 22 de noviembre de ese mismo año, sin perjuicio de tercero de mejor derecho, teniendo para ello necesidad de obtener Real Cédula de indulto, por haber contraído matrimonio sin Real Licencia, en fecha 29 de julio de 1915. En la actualidad, la poseedora del título es su hija doña Vicenta Márquez de la Plata y Ferrándiz (VI marquesa de Casa Real, desde 2008), casada con don Luís Valero de Bernabé y Martín de Eugenio.

Vicente cursó la enseñanza primaria con institutrices privadas inglesas y francesas para ingresar más tarde en el Trinity College, y la secundaria en el Colegio de San Ignacio de la Compañía de Jesús. Aunque fue crítico con la enseñanza jesuítica, tomó de ella una postura elitista ante la vida.

En 1910 comenzó sus estudios de literatura en el antiguo Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, pero no los completó. Sin embargo, su educación literaria se inició sobre todo al calor de las tertulias que oficiaba su madre poeta, María Luisa, con quien también publicó en 1912 su primera revista, Musa joven, y lo apoyó intelectual y económicamente a lo largo de toda su vida.

Desde su juventud realizó frecuentes viajes por Europa, que le valieron un profundo enriquecimiento cultural y una depuración de sus gustos estéticos. Particularmente intenso desde la experiencia intelectual fue el largo período en que residió en París, ciudad a la que llegó en 1916, en plena guerra mundial; allí conoció a Picasso, Juan Gris, Max Jacob y Joan Miró, entre otras figuras de la cultura del momento. Escribió en revistas literarias junto a poetas como Apollinaire, Réverdy, Tzara, Breton y Aragon; es decir, lo más granado de la poesía francesa del momento.

El matrimonio Huidobro con sus dos hijos,
Manuela y Vicente, a bordo del Infanta Isabel de Borbón
rumbo a Europa, noviembre, 1916
 
En 1912 se casó con Manuela Portales Bello, joven aristócrata descendiente de Diego Portales y Andrés Bello, nieta del eminente hombre público de Chile don Diego Portales y del sabio venezolano don Andrés Bello. Ella lo impulsó, como su madre, a escribir. En 1926 su primer matrimonio terminó y conoció a la que sería su segunda esposa, Ximena Amunátegui, quien provenía de una influyente familia que no aprobaba el romance, que consiguió que Huidobro fuera detenido y obligado a abandonar el país. Vicente mantuvo contacto con ella y dos años más tarde, cuando Ximena logró obtener su pasaporte, tramó su fuga a Europa. Para eso, viajó de incógnito a Chile, logró su objetivo y escandalizó de paso a la sociedad santiaguina. Más tarde se casaron bajo el credo mahometano, para lo cual el poeta hizo votos dentro de esa fe. Esta relación terminó en 1945, cuando él cubría la Segunda Guerra Mundial como corresponsal. De allí regresó a Chile con su tercera esposa, Raquel Señoret Guevara.

Vicente Huidobro, como corresponsal de guerra en 1944

Vicente Huidobro se presentó en Madrid en 1918, donde fundó un destacado grupo de poetas creacionistas consagrados a la elaboración de textos que seguían fielmente los postulados del ya respetado maestro chileno. Por aquel entonces ya era un poeta fecundo, que arrastraba tras sí una interesante producción literaria.

Regresó por un largo período a Chile en 1925. Desde su llegada inició una intensa actividad literaria y política, con la fundación de la revista La Reforma y sus numerosas colaboraciones en Andamios, Panorama y Ariel. En el terreno político fundó un diario, Acción, desde el que defendía sus ideas contrarias al militarismo. Candidato a presidente, fracasó estrepitosamente en los comicios de 1925, lo que le causó no poca amargura.

Alrededor de 1930 fue cuando dio los toques finales a sus dos obras cumbres, dos poemarios (Altazor y Temblor de cielo) que, desde el momento mismo de su aparición estaban llamados a situarse en los puestos cimeros de la literatura universal. Por aquel entonces, Huidobro estaba en el apogeo de su fama, y gozaba del éxito obtenido por su novela fílmica Mío Cid Campeador (1929), en la que el propio poeta -que alardeaba de ser descendiente de Rodrigo Díaz de Vivar- identificaba su relación amorosa con Ximena Amunátegui como una reencarnación moderna de la pareja formada por El Cid y Doña Jimena.

Ximena Amunátegui
Entre 1935 y 1938 Huidobro polemizó con Pablo Neruda y estuvo en España durante la Guerra Civil. Regresó a Chile en 1938, donde continuó su incansable labor creadora publicando ese mismo año la novela Sátiro o El poder de las palabras. Se trata de una novela de gran penetración psicológica. Junto con otros autores como Braulio Arenas y Fernando Alegría colaboró en Multitud; recopiló antiguos poemas dispersos de 1923 en Ver y palpar y El ciudadano del olvido, ambos libros dados a conocer en 1941 y considerados como obras fundamentales en su creación poética.

A finales de la Segunda Guerra Mundial regresó a Europa, para alistarse con el ejército francés con el que participó en las últimas batallas y obtuvo el grado de capitán. Entonces su figura comenzaba a ser una leyenda en Chile, donde en 1945 se publicó una Antología. Su experiencia bélica le dejó una herida que no llegó nunca a curar y que lo condujo a la muerte -por un derrame cerebral- cuando estaba de vuelta en su país natal, falleciendo a orillas del mar en Cartagena, el 2 de enero de 1948.

Epitafio que dejó escrito para su lápida:

"Abrid esta tumba: al fondo se ve el mar".

martes, 24 de octubre de 2017

José Campillo y Cossío. Ministro de Felipe V; Intendente General de la Real Armada



A mediados del siglo XVIII, dirigió la política española con criterios mercantilistas, reflejada en notables mejoras en la gestión de la Hacienda y en una cierta liberalización respecto al comercio con América.

Nació en Alles, (Peñamellera Alta / Asturias*) en febrero de 1693. Hijo de Toribio del Campillo y Mier y Magdalena de Cossío y Mier. De origen hidalgo, pero de poca fortuna, recibió una esmerada educación y a los 10 años ya hablaba latín, y en 1708, tras la muerte de su padre se traslada a Córdoba como paje del prebendo de la catedral Antonio Maldonado, que le hizo estudiar filosofía y teología en el colegio de San Pelayo. Tras abandonar el Seminario, en 1713 entró, tras una breve estancia en Cádiz, en el servicio de Francisco de Ocio, intendente general de aduana, quien en 1717, al ser trasladado a Madrid, le insta a seguir la carrera administrativa en la Marina de Guerra del rey Felipe V, bajo la protección del todopoderoso ministro José Patiño.

En 1726, uno de sus subordinados, el capellán Francisco de Ugarte, le acusa de “leer libros prohibidos, de tener contactos con herejes, opiniones disonantes y profesar el ateismo”. Fue acusado y procesado por herejía por el Tribunal del Santo Oficio de Logroño, resultando absuelto.

A comienzos de 1719 fue destinado a Veracruz y La Habana (Cuba), donde realiza estudios para la construcción de un astillero, y contrae matrimonio con Leonor Ambudioli y Arriola. A su regreso a España, en 1726 trabajó en los astilleros de Santoña y Guarnizo (fábrica de Bajeles de Cantabria) para llevar la contabilidad en reemplazo de Antonio Gaztañeta Iturribalzaga, y en 1728 alcanzó el grado de Comisario Ordenador de Marina.  Hacia 1728, en recompensa por sus servicios, el rey le nombra caballero de la orden de Santiago.

Astillero de Guarnizo (Santander)
En 1733 fue intendente de las tropas españolas estacionadas en Italia, mandadas por el duque de Montemar, cargo que ocupa los cuatro años que dura la campaña hasta 1737, en que regresa a España y se le designa intendente de Zaragoza, donde se dedicó al fomento de diversas obras públicas. Ese mismo año, siendo viudo, contrae nuevas nupcias con María Benítez de Rozas y Drumond, hija de los duques de Castel Blanco y San Andrés. Dos años más tarde, en 1739, fue nombrado Intendente General del Ejército de Aragón y le designaron Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda, coincidiendo con el nombramiento como ministro de Hacienda de Fernando Verdes Montenegro, cuyas ideas para levantar la economía eran contrarias a las de Campillo, por lo que éste inicia un duro combate dialéctico contra él, consiguiendo que el rey le nombre a él, ministro de Hacienda. Es durante este tiempo cuando escribe la mayor parte de sus tratados

En 1741 es nombrado secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina, Guerra e Indias en sustitución de don José de la Quintana Chavarría, convirtiéndose en el auténtico sucesor de Patiño. Murió en Madrid, en abril de 1743, habiendo alcanzado también el cargo de Consejero de Estado.

*Con José del Campillo y Cossío se inaugura la ilustre galería de los ilustrados asturianos, entre los que destacan como cumbres el marqués de Santa Cruz de Marcenado, Campomanes y Jovellanos. Antes que todos ellos fue Campillo, quien, al igual que Campomanes, ocupó altísimos cargos en el Gobierno de la nación: llegó a ser ministro universal de Felipe V. A diferencia de Jovellanos, cuyo breve paso por el Gobierno sólo le permitió ser un ilustrado teórico, Campillo fue teórico y gobernante, y el más teórico junto con Jovellanos. La profesora Mateos Dorado, editora de algunas de sus obras, observa que Campillo, cuando nació, no era asturiano, ya que Alles era un lugar de realengo del valle de Cueto de Arriba, perteneciente al partido de Laredo, en la provincia de Burgos, del Reino de Castilla la Vieja. En lo eclesiástico dependía del Obispado de Oviedo, y en 1833, con motivo de la reforma administrativa de Javier de Burgos, Peñamellera pasa a ser Asturias. «Así, encontramos que Campillo se convierte en asturiano más de un siglo después de un nacimiento», comenta Mateos Dorado.

José del Campillo realizó, a lo largo de su honesta y exitosa carrera política, un importante trabajo de reflexión intelectual. Sus obras, dedicadas a la reconstrucción política y económica de la monarquía española, más importantes fueron: Lo que hay de más y de menos en España, para que sea lo que debe ser y no lo que es (1741), España despierta (1741) y Nuevo sistema de gobierno económico para América, publicado en 1782, obra en que muestra gran sensibilidad hacia el sufrimiento de los indígenas del Nuevo Mundo y adelanta soluciones a los problemas del comercio americano, aplicadas a partir de 1765, durante el ciclo de reformas borbónicas.